Leyenda de Iztaccíhuatl y Popocatépetl

Hoy ha caído en mis manos una versión de la Leyenda de los Indios de América del Sur “La leyenda de los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl” y me ha gustado tanto que voy a contárosla, eso sí, versionada. Un dato importante a saber es la relación tan intensa que tienen los indios con el medio natural que les rodea.

Sé que me lee mucha gente de América del sur, aprovecho para darles un gran abrazo que sé que también tienen una lucha importante por los derechos de las mujeres y por el Empoderamiento Femenino. Y les pido perdón por atreverme a versionar su magnífica leyenda, que si lo hago es para que ésta sea conocida y por hacer un versión con la misma esencia y valores más actuales.

Leyenda azteca de Iztaccíhuatl y Popocatépetl.

Al inicio de los tiempos en la capital del imperio azteca, Tenochtitlán, vivía un emperador muy poderoso. El emperador estaba profundamente enamoradoro de su mujer, eran tiempos felices para todxs.

Una templada tarde de primavera, se encontraba la emperatriz viendo el atardecer desde una de sus estancias de palacio cuando se le apareció el pájaro sagrado, el Quetzal, mensajero de los dioses, y le dijo:

– Vengo para anunciarle que dentro de nueve meses tendrá una hija, será su única hija por lo que debe cuidarla y educarla con esmero.

Quetzal

Nueve meses después.

El emperador rebosaba de alegría cuando por primera vez tubo en sus brazos a su hija, la que llamó Iztaccíhuatl. Desde ese momento la preocupación del emperador y la emperatriz era educar a su hija para que fuera independiente, inteligente y justa. Querían que fuera una mujer empoderada, que pudiera reinar tomando sus propias decisiones y querían que fuera capaz de discernir entre el amor verdadero y el interés de los que se le acercaban por ser poderosa.

Iztaccíhuatl creció feliz y tuvo un padre y una madre que eran un referente ideal de bondad, tolerancia, justicia, entrega e inteligencia. Ella desarrollo un carácter único y era querida por todo el pueblo.

Cuando Iztaccíhuatl tenía la edad apropiada, su madre y su padre hablaron con ella sobre el amor y las relaciones humanas. Y le pidieron a los Dioses que la iluminaran en su camino para ver el corazón de las personas. Respetarían cualquier decisión que su hija tomará, porque por encima de todo estaba su felicidad.

Había un guerrero llamado Popocatépetl que estaba profundamente enamorado de Iztaccíhuatl y estaba dispuesto a demostrárselo y hacer cualquier cosa por ella. Ella también se había fijado en él, aunque andaba con sumo cuidado,  ya había podido ver la grandeza de su corazón y sentir su cariño sincero.

Llegaban malos tiempos a la ciudad. Estaban en guerra y los enemigos deseaban las riquezas de la bella ciudad de Tenochtitlán.

Iztaccíhuatl

Una noche, Iztaccíhuatl subió a la cima de una pirámide para meditar, eran tiempos difíciles. Se le apareció el Quetzal para comunicarle un mensaje de los dioses:

– Iztaccíhuatl eres una mujer afortunada, te hemos concedido una buena educación para ser una mujer libre e independiente. No temas, no te estás equivocando, tu corazón ya sabe con quien quiere pasar el resto de los años y es plenamente correspondido.

Dicho esto, el quetzal desapareció volando, dejando una bella estampa con su larguísima cola de plumas color esmeralda, pecho escarlata y alas de un azul marino.

Iztaccíhuatl afrontó sus sentimientos sin miedos y sin dudas y no reparo en coquetear con Popocatépetl cada vez que coincidían en una estancia. La atracción se palpaba y era evidente ante los ojos de los que les rodeaban, para ellos, simplemente, el resto del mundo no existía.

Los ejércitos invasores se acercaban a la ciudad y el emperador tuvo que tomar medidas. Si no mandaba a su ejército a detenerlos, destruirían la ciudad.

La emperatriz que era una mujer muy inteligente le había dicho a su marido:

– El amor hace valiente a los hombres, y por ello, el que más quiere a nuestra hija es el único que tendrá la fuerza y valentía necesaria para parar a los invasores.

Por ello, el emperador hablo largo y tendido con su hija, a la cual consideraba ya con el poder de emperatriz. Hablaron de amor y de guerra y ambos estaban muy de acuerdo en casi todo. Iztaccíhuatl tenía miedo de perder a Popocatépetl, pero su sabio y anciano padre estaba seguro de que esto no pasaría.

Iztaccíhuatl llamó a Popocatépetl y le dijo:

–  Eres un fiel guerrero, eres inteligente, fuerte y valiente. Te necesitamos al frente de nuestro ejército para detener al enemigo. Cuando vuelvas haremos oficial nuestra relación y prepararemos nuestra boda.

Popocatépetl aceptó de inmediato, como buen guerrero que era, y marchó a la batalla.

Al frente de la batalla Popocatépetl consiguió tras varios días de lucha que los invasores retrocedieran y abandonarán la idea de invadir la ciudad. Estaba tan contento que mando una avanzadilla para contarle a Iztaccíhuatl que habían vencido en la batalla. Pero la envidia, los celos y la malicia actúo, y las noticias que le llegaron a Iztaccíhuatl eran que Popocatépetl había muerto.

Iztaccíhuatl, que creyó materializada la peor de sus pesadillas, enfermó y murió de amor al recibir la noticia.

A los pocos días Popocatépetl llego triunfante a la ciudad, ajeno a la tragedia que le esperaba.

Muerte de IztaccíhuatlEl emperador ofreció a Popocatépetl igualmente ser el emperador de la ciudad y éste le dijo que: nada podía reemplazar el amor de su hija, que es lo que el quería. Aún así el emperador insistió y Popocatépetl se convirtió en el nuevo emperador de Tenochtitlán.

Popocatépetl con una tristeza profunda y un amor silencioso empezó a construir una pirámide para enterrar a su amor. El pueblo, entristecido por la muerte de su amada Iztaccíhuatl, trabajó en silencio a su lado y ayudó a construir la pirámide de una manera rápida y efectiva.

Popocatépetl enterró allí a su amada. De noche encendía una antorcha para iluminarla y de día empezó a construir otra pirámide junto a la de su amor, pero para él. El pueblo también le ayudó a construirla.

Popocatépetl estaba también muriendo de amor poco a poco.

Cuando los dioses vieron que estaba a punto de morir le enviaron a su mensajero, el quetzal, que le dijo:

– Los Dioses están conmovidos por tu amor y quieren que este sea eterno. A partir de ahora estas pirámides serán montañas. Una se llamará Popocatépetl y otra, Iztaccíhuatl. La tuya será un volcán que iluminará sus noches y ella será el aire y podréis cultivar el amor que la envidia y los celos os han negado en el mundo humano. Compartiréis por siempre jamás vuestro amor eterno entre las nubes y el cielo.

Popocatépetl asintió. Se recostó en su pirámide y se dejó morir.

Al día siguiente el pueblo pudo contemplar la majestuosidad del volcán y la montaña.

Los conquistadores destruyeron Tenochtitlán días después y edificaron en su lugar otra gran ciudad.

Cuenta la leyenda que mientras exista el amor, Popocatépetl e Iztaccíhuatl permanecerán juntos bajo el mismo cielo, por encima de la envidia y de los celos, tal y como lo quisieron los dioses de los aztecas.

Popocatépetl e IztaccíhuatlVersión de la Leyenda azteca de Popocatépetl e Iztaccíhuatl By Galocha

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